sábado, 16 de mayo de 2026

16 de mayo de 2026

Vuelvo a escribir con una consigna: no hablar de mi. ¡Ay estos sábados sin planes! El tiempo pasa lento, no tengo mucho más para hacer que leer, tomar mate, ahora pruebo escribir. Ya no cumplí la consigna, por otra parte es incumplible: aunque describamos la erupción de un volcán, estaremos hablando de nosotros, siempre. ¿Y por qué sería que quiero describir un volcán en erupción? ¿De quién estoy hablando? El taxista veterano limpia los vidrios de su auto en Chacarita, no del lado del cementerio sino de la pizzería. De golpe llego tarde a mi cita, le hago señas para que cruce de carril y no tener que dar vueltas, lo hace. Es de los de antes, pero increíblemente no es demasiado conversador. Le aclaro que no voy a Agronomía como genéricamente le indiqué al subir, sino al bar Rayuela. Que lo conoce, que no lo conoce, cuando le dije “doble aquí” lo recordó. ¡Qué lindo es viajar sin Google Map, en un no Uber, con un chófer que hace memoria para ubicar una dirección! El que arruinó el viaje retro fui yo, que le pagué por transferencia.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Ozymandias (Percy Shelley)

Ozymandias A un viajero vi, de tierras remotas. Me dijo: hay dos piernas en el desierto, De piedra y sin tronco. A su lado cierto Rostro en la arena yace: la faz rota, Sus labios, su frío gesto tirano, Nos dicen que el escultor ha podido Salvar la pasión, que ha sobrevivido Al que pudo tallarlo con su mano. Algo ha sido escrito en el pedestal: «Soy Ozymandias, el gran rey. ¡Mirad Mi obra, poderosos! ¡Desesperad! La ruina es de un naufragio colosal. A su lado, infinita y legendaria Sólo queda la arena solitaria».

martes, 20 de septiembre de 2022

Las noches de los sábados

Recuerdo las noches de los sábados. El itinerario dichoso de toda la semana nos llevaba a ese día sabiendo que era distinto de los otros y que ni siquiera el domingo –libre de estudios y de cualquier ocupación- nos acercaba a una noche tan alborozada, tan simple, tan enteramente nuestra, como la noche de los sábados. De las grandes y pequeñas realidades que retengo: los minúsculos delantales de organdí blanco que la madre se ponía para servirnos el té; el momento siempre regocijante en que yo colocaba un pie sobre el primer peldaño del break; las anchas tajadas de sandía que nos daba el cochero Pascual; la casa de cemento, dividida en secciones, donde vivían doscientos conejos; el cuello lustroso y húmedo de los caballos; las uvas en caña que la madre preparaba en grandes frascos (a veces nos hacía cerrar los ojos y abrir la boca para introducir una enorme uva extraña y alcoholizada que paladeábamos largo rato); la alegría de Esthercita en el baño; el orgullo de ir parada entre las rodillas de mi padre, mientras guiaba los caballos; mi agradecimiento cuando la madre manifestó que yo era quien le había ocasionado siempre menos trabajo, la más suave cuando estaba enferma; las tardes de lluvia en que era necesario jugar adentro…nada, ninguna reminiscencia revive en mí –como una verdad tan nítida- alcanzándome el sentido perfecto de esa época, como las noches de los sábados. Al atardecer de ese día, durante casi todo el año, nos daban, después de que habíamos jugado, un baño caliente. A Susana y a mí nos bañaban juntas, cada una en su extremo de la gran bañadera. Las manos de la madre, al principio, nos producían pequeños estremecimientos mientras nos enjabonaba la espalda. Las estufas encendidas en todos los dormitorios, las toallas y los camisones entibiados, todos los detalles de esas noches permanecen en mí, sin que ninguna distancia de años aminore su ternura, su calidad inconfundible. Una vez bañadas, nos acostábamos y nos servían a todas un gran vaso de leche caliente. Comenzaban, de inmediato, los mismos comentarios sobre las frescuras de las sábanas, los mismos consejos para mantener el calor en todo el cuerpo, hasta que alguna se animaba a sacar un brazo, otra a incorporarse sobre la almohada. A los pocos minutos, las voces de las hermanas mayores venían al encuentro de las nuestras. Esa noche, la luz quedaba encendida un largo rato, y las puertas que comunicaban un dormitorio con otro permanecían abiertas hasta que nos dormíamos. Desde las camas invisibles, las voces llegaban rodeadas de silencios nuevos; las frases adquirían un tono de confianza y de misterio que no les era habitual en otras horas. Sabíamos que cada sábado sería igual al anterior, pero, ya viviéndolo, no concebíamos ningún cambio, e íbamos al encuentro de esa noche como si presintiésemos que de su bienestar transitorio sobrevendría algo arraigado y duradero. Las palabras se distanciaban, poco a poco, y detrás de un silencio más obstinado que los otros, la voz de Irene, apenas soñolienta, comenzaba a discurrir la porción de misterio que la atraía con más vehemencia, y nos hablaba de raptos y de fugas, de alguien que la aguardaba junto a la hilera de álamos. A veces Marta hacía desfilar los grandes personajes que le gustaría ser y nosotras tras callábamos, semidormidas, porque aún no conocíamos nuestro sueño. La madre entraba más tarde que de costumbre, y sigilosamente, recubría una espalda, alisaba una manta y se iba, apagando todas las luces a su paso. Siento, a veces, una nostalgia tirante, una nostalgia parecida a la que sólo dejan las cosas chiquitas y simples, los acontecimientos más ingenuos. Es el recuerdo de las noches de los sábados, que vienen hacia mí en una gran oleada de ternura y de pureza para alcanzarme la certidumbre de que mi infancia no pudo ser más dulce” . Cuadernos de infancia, Norah Lange En la foto, la familia Lange. Norah está junto a su papá y la mamá es la que en el texto llama "la madre"

jueves, 15 de mayo de 2014

Laberintos




La Plata es una ciudad contradictoria. Parece facilitarle la vida al forastero cuando numera sus calles. ¿Cómo perderse si se va a 13 y 48, por ejemplo? Sin embargo hay una trampa: las diagonales. Está visto que si uno se deja llevar por alguna de ellas corre el riesgo de no llegar jamás a destino.
Hoy anduve por La Plata y, disponiendo de tiempo, me dejé llevar por una diagonal. A lo sumo, kilómetros después pediría que me orienten hasta 10 y 48, tan grave no podría ser. Para mi sorpresa, esta diagonal me hizo llegar más temprano aún a mi cita, así que me metí  en un café y seguramente por asociación con el laberinto platense de las diagonales, recordé  otro laberinto: el del palacio de Cnossos en Creta. Aquel habitado por el terrible minotauro, que devoraba vírgenes de tanto en tanto. Repasé la historia que todos conocemos: que Teseo, cansado de la ofrenda de las y los vírgenes que el Rey de Creta le exigía a su patria, se mezcló con ellos para darle muerte al temible monstruo. Que Ariadna, la hermana del minotauro, se enamoró de Teseo y le ayudó a triunfar. La historia es magnífica por aquello del hilo para salir del laberinto infernal creado por el ingenioso Dédalo.  
Hay aspectos terribles del mito que  la historia de amor entre Teseo y Ariadna deja un poco  solapados. Por ejemplo que el minotauro nació por un error de su padre, Minos, quien no quiso sacrificar un hermoso toro blanco en honor de Poseidón y trató de engañarlo con la muerte de otro animal. Poseidón, al darse cuenta de la estafa, enamoró a Pasifae, esposa de Minos,  del  toro magnífico, y ambos procrearon al minotauro (no es bueno querer engañar a los dioses); que Ariadna (“la más pura”) no sólo se enamoró de quien venía a matar a su hermano sino que lo ayudó a cometer tal crimen y a salir del laberinto, por la promesa de Teseo de llevarla a Atenas para casarse. Para empeorar las cosas, Teseo abandonó a Ariadna a mitad de camino, traicionando así a la traidora, quizás por orden de los dioses.

Los dioses griegos y sus hijos suelen ser crueles. Quizás no son nada más que humanos sin freno alguno, niños poderosos que pueden enojarse mucho si le queremos meter un toro en lugar de otro. Cuando la hora de mi cita llegaba, recordé a Borges. Para él, Asterión, el minotauro, no era malo. Ni siquiera devoraba personas, y creía que alguien vendría a redimirlo, a liberarlo de tanta soledad, no a asesinarlo.  Me quedo con esta versión borgeana del mito. Al fin y al cabo, muchas veces vivimos en un laberinto del cual no queremos salir y cuando creemos que alguien viene a rescatarnos, resulta que quiere hundirnos una espada en el pecho porque nos considera monstruosos. Todos tenemos laberintos que sortear, soledades de las que huir. Aunque no residamos en La Plata y su laberinto diagonal.

martes, 15 de octubre de 2013

Un mero caribeño


Un olvidado profesor dominicano se sube al tren que va hacia La Plata en la Estación Constitución. Elige asiento y muere. Es Pedro Henríquez Ureña y quizás muere porque al destino le gustan las repeticiones. El profesor se encontró con Borges unas noches antes en la avenida Córdoba y habían recordado el anónimo sevillano que dice “Oh Muerte, ven callada como sueles venir en la saeta”. Borges lo contará magistralmente en su cuento “El sueño de Pedro Henríquez Ureña” y dirá que ese diálogo fue profético porque así le llegó la Muerte a Henríquez. A partir de ahí, para muchos de nosotros el dominicano será un personaje más de la mitología borgeana.
Dirá Borges también que algunos países fueron injustos con él. España, que lo consideraba un indiano, “un mero caribeño”; y Argentina, que lo vio como “un mulato” al que ni siquiera le dio una cátedra universitaria, designándolo apenas profesor adjunto de un hombre de menor valía. Era un aristócrata en su tierra, y un literato que dejó una obra notable. Pero no solamente el autor de "Luna de enfrente" lo valoró aquí. Hubo otro encuentro una noche de Buenos Aires. Una conferencia semidesierta de don Pedro en la “Casa del Pueblo”. Dos jóvenes que llegan tarde e inadvertidos de que en la sala no hay más que un puñado de personas -contándolos a ellos- Dos jóvenes poetas, que esperan la salida del profesor y lo siguen varias cuadras sin animarse a saludarlo. Finalmente lo hacen y entran los tres a un café de la avenida Callao. Allí se habla de literatura. De Ibsen y Tolstoi, autores objeto de la conferencia. Al risueño decir de Borges el profesor lo había leído todo, y estos dos muchachos pueden dar fe de ello. Apenas habían publicado alguna cosa y sin embargo el maestro los conocía. Debe ser excitante hablar de literatura con alguien que lo leyó todo. Uno de los jóvenes quiere saber sobre personajes semitas en la literatura inglesa. El otro le preguntó por López Velarde, el poeta mexicano, si lo había conocido.


“El bar en esos momentos tenía una sonoridad de piso deshabitado. El mozo vino a llevarse los cafés intactos, después de echarnos una mirada homicida. La madrugada empezaba a desvestirse en la calle”

Cierra el bar y uno de los muchachos, emocionado, le da a Henríquez un beso en cada mejilla. Ya se van el profesor por un lado y los jóvenes por el otro.


- ¿Qué te pareció?
- Un santo. ¿Y a vos?
- Un héroe




Uno de los jóvenes era José Sebastián Tallon, el precursor de la poesía infantil en Argentina y además –no sé si en una suerte de oximoron, ironía o redundancia- boxeador. El otro, Israel Zeitlin, más conocido como César Tiempo, el verdadero cronista de este relato y al que hubiera querido darle un beso en cada mejilla. Gracias a don César, puedo bajar por un rato a Pedro Henríquez Ureña del cenotafio borgeano y devolverlo a las calles de Buenos Aires como un mero caribeño tímido, magistral, lector de Todo.







BIBLIOGRAFIA
“El sueño de Pedro Henríquez Ureña” está en “El oro de los tigres” de Jorge Luis Borges (Emecé, 1.972)
La opinión de Borges sobre el autor dominicano se encuentran en “En diálogo” De Jorge Luis Borges y Osvaldo Ferrari, Edición definitiva (SXXI, 2.005)
“Con Pedro Henríquez Ureña" se encuentra en “Mi tío Scholem Aleijem y otros parientes”, de César Tiempo (Corregidor, 1.978)

sábado, 24 de agosto de 2013

Borges y yo






Ese viejito que sale por la tele es Borges. Sonríe con timidez cuando le hablan de su obra y se entusiasma con una etimología o si le preguntan por Stevenson. Hay infinitos Borges posibles: el que leo en el libro verde de mi padre que parece una Biblia, ese de los cuentos ilusorios, matemáticos, cabalísticos. Es el Borges de la enciclopedia, con universos en forma de biblioteca. Hay muchos Borges: el poeta de los extremos de su vida, oculto detrás del cuentista magistral. El director ciego de la biblioteca; el criticado por sus ideas políticas (“las opiniones de un hombre suelen ser superficiales y efímeras”); el criticón que junto a Bioy es implacable con la mayoría de los escritores contemporáneos (“en el presente hay demasiadas cosas para que nos sea dado descifrarlas. El porvenir sabrá lo que hoy no sabemos, las páginas que merecen ser releídas. Schopenhauer aconsejaba que, por no exponernos al azar, sólo leyéramos los libros que ya hubieran cumplido cien años”)
Pretender una clasificación de Borges es imposible, ya que como la clasificación de cualquier universo, sería “arbitraria y conjetural. La razón es muy simple. No sabemos qué cosa es el universo” (ni tampoco qué es Borges)
Todos los Borges son de mi agrado, incluso los de sus aspectos más hostiles. Me queda la deuda de haber merodeado la calle Maipú, la Galería del Este, sin haberme atrevido a encontrarlo.
Hoy, de modo arbitrario y conjetural, elijo el Borges joven, el de Fervor de Buenos Aires, supongo que porque al alejarnos cada día del país de la infancia no hacemos otra cosa que acercarnos a sus confines. ¡Feliz cumpleaños, Borges!



Un patio

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.




Las fotos son de Sara Facio

viernes, 26 de julio de 2013

Bulnes 1.480






Al pequeño Borges no puede habérsele escapado el detalle. Cuando iba con su padre a la casa de Carriego, o ya de muchacho, al heredar la amistad con el poeta. Debe haber visto la oscura casa donde juega una niña, a la vuelta de la calle Honduras,  que en el frente tiene el año de su construcción, 1.899, y dos iniciales: J. B.

En el cuento “El Sur” Juan Dahlmann, su protagonista,  “vio una cifra del Sur (del sur que era suyo)” en ese cuchillo que un gaucho viejo le arrojó a los pies para que pelease en un duelo, teniendo así la dicha de elegir o soñar su muerte.

Quizás el pequeño Borges se haya sorprendido al ver sus datos esenciales en una casa tan cercana a la del poeta Carriego. Tal vez vislumbró una cifra del barrio de Palermo quien, como El Sur, estaba resolviendo un destino.





jueves, 31 de enero de 2013

Un mundo sin ellos







En “la invención de Morel”, su novela más famosa, Bioy Casares pone en boca del protagonista –un fugitivo que, refugiado en una isla extraña sufre por el incierto destino de su amada- las siguientes líneas: “Estoy a salvo de los interminables minutos necesarios para preparar mi muerte en un mundo sin Faustine”

Casi cincuenta años después, Bioy escribe esto: - “Sábado 14 de junio. Después de almorzar en La Biela, con Francis Korn, decidí ir hasta el quiosco de Ayacucho y Alvear. Un individuo joven, con cara de pájaro, me saludó y me dijo, como excusándose: "Hoy es un día muy especial". Cuando por segunda vez dijo esa frase le pregunté: "¿Por qué?". "Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra", fueron sus exactas palabras. Seguí mi camino. Pasé por el quiosco. Fui a otro de Callao y Quintana, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges” (de su libro “Descanso de caminantes”)

Fueron dos momentos impares en la vida de Bioy: el desenlace de su novela más famosa y la muerte de su más entrañable amigo. En ambos, privó la angustiosa necesidad de imaginar lo que sería de él en un mundo sin ellos. Me encanta que haya elegido la misma figura para ambos casos. Al fin y al cabo, en los momentos difíciles, esos en los que según Borges uno sabe quien es, llevamos pocas armas para defendernos. Y pocas palabras, también. 




La música que agrego es la que se escuchaba en la extraña isla del Sr. Morel.


sábado, 26 de mayo de 2012

No leer a Borges



Argentina es un país que vive de glorias ajenas y pasadas. Nuestras figuras suelen ser Evita (aunque el jactancioso no sea peronista) Maradona o Messi (aunque el bocón no sepa qué significa off side) y Gardel (no importa que al sujeto el tango le de urticaria)
Sin embargo eso no ocurre con Borges. A Borges no se lo entiende porque Borges es complejo. Y además sus ideas políticas eran tremendas, dicen. No me quejo de la gran mayoría televisiva no lectora porque ella no lee a Borges pero tampoco lee el diario.
En cambio hay algunas personas instruidas, amantes de la literatura, que en una fiesta orgullosamente confiesan no haber leído ni una coma de Borges. Porque no se lo entiende a Borges. Porque las ideas políticas de Borges son terribles. Yo no hablaré aquí de las bondades literarias de don Jorge Luis y que muchísimos trabajos suyos son de lectura simple, o que solamente fue un viejo anarquista quizás algo ingenuo. Si hiciera eso me sentiría como un vendedor de autos usados tratando de sacarse un clavo, y el hombre no se lo merece. Quien quiera no leer a Borges, que no lo lea. Pero para decirlo en términos barriales, jactarse de no leer a Borges es como vanagloriarse de no haber dormido con Mónica Belucci. Y dejo constancia que a mi la italiana ni fu ni fa. Pero de ahí a enorgullecerme de ello o no aceptarle ni una invitación a tomar café, hay un aleph.

sábado, 25 de febrero de 2012

Ella

Hasta al más taura

Lo achica

El puñal

De una traición

En Palermo

O en Barracas

No hay duelo

Donde ella

Pierda

domingo, 12 de febrero de 2012

Menárdez (III)

Quién más que yo

ansiaba decir

Que todo terminó?


Y sin embargo

Vos has sido

La que dijo adiós

martes, 17 de enero de 2012

La vida, una maldita cosa detrás de la otra (por Julian Barnes)

En 1971 Borges vino a Oxford, obviamente para recibir un título honorario. En ese momento yo estaba trabajando en el Oxford English Dictionary y, por la noche, Borges ofreció algo que no puede llamarse, exactamente, una conferencia o una lectura o un seminario, sino una suerte de audiencia papal informal. Yo ya había estado frente a otros escritores "a veces bastante famosos", pero, por lo general, no me habían impresionado. Más bien, me habían parecido actores que simulaban haber escrito las palabras que estaban pronunciando, pero no había sido así parecían estar vendiéndose de alguna manera. Borges era totalmente diferente. Al finalizar el encuentro, pensé: si esto es ser un escritor, vale la pena serlo.


En ese entonces yo tenía 25 años y escribí en mi diario en esa oportunidad que Borges tenía "la presencia más noble que alguna vez haya visto o sentido". Ahora tengo 50 años y el eco de esa presencia sigue sobreviviendo en mi interior. También leo que escribí: "parece una veleta entrada en años que los vientos del tiempo hicieron adelgazar". Su traductor leía prosa y poemas en voz alta, mientras Borges escuchaba, con la cabeza levemente inclinada hacia un costado, y siempre articulando los labios al son de sus propias palabras, como un monje que repite en un eco silencioso. "Su obsesión calma, precisa y total con la identidad y el tiempo", anoté, "me hizo sentir que ésta era la verdadera condición normal del hombre".


Hablaba en un inglés suave y agradable y parecía nadar en nuestra literatura, pero una vez más, me sorprendió el hecho de que sus puntos de referencia fueran totalmente diferentes de los que a mí me resultaban familiares y a los que era fiel.
Hablaba de Stevenson, Coleridge, Andrew Lang, Dr. Johnson y Lord Chesterfield. Sin intención, hizo un comentario simple pero profundo: la literatura de una nación no es sólo lo que esa nación decide que sea, sino también lo que otras naciones decidan que sea. Logró que la sala estallara en risas y en aplausos cuando citó la observación de Lord Chesterfield: "¿Qué es la vida? Una maldita cosa detrás de la otra". (Cuando intento verificar la cita 25 años después, descubro que mi Diccionario de Citas de Oxford se la adjudica al oscuro Elbert Hubbard. Bueno, prefiero creerle a Borges y no a un simple diccionario).


También habló de la única palabra, dijo, que ningún escritor usó o usaría, ya que su uso eclipsaría a todos sus vecinos. Era la palabra que Poe estaba buscando, y no encontraba, en El cuervo: la palabra era "neverness" (nunca jamás). Ahora Borges se marchó, hace 10 años, a ese Nunca Jamás al que todos nos dirigimos despiadadamente. Pero su eco sobrevive en todos aquellos a quienes llegó "muchas veces sin saberlo" con su presencia. En un cierto momento hace 25 años, me mostró "una vez más, sin saberlo" que el verdadero rol clerical del escritor es con la gravedad de las cosas, con la "verdadera condición normal del hombre" que tanto tiempo nos lleva ocultar. Más tarde, durante la guerra de Malvinas, nos recordó que la obligación del escritor es decir la verdad más allá de la popularidad. Es lo que hizo con su comentario, brillante y sagaz, de que la guerra no era más que "dos pelados peleándose por un peine". Nunca me conoció, pero yo lo conocí a él, y le rindo un saludo.











miércoles, 23 de noviembre de 2011

Las rosas

Un ciego juntaba rosas: una, llegada del paraíso; otra del futuro, algo marchita; una platónica; otra, inalcanzable; y una más, primera, arquetípica. A cada amor que lo dejaba una le dio. Fueron muchos sus amores y otras tantas las extrañas rosas que obsequió. Aquel ciego yace lejos de su tierra y del olvido. De tanto en tanto una flor es apoyada en la piedra exagerada. No es extraña esta rosa, como aquellas. Es apenas una, como tantas. Pero todas las rosas están en ésta, anónima y común ¡Viejo ciego! Junta tus amadas rosas otra vez.

martes, 8 de noviembre de 2011

Haydée Lange y Georgie de barba

Haydée Lange

Las naves de alto bordo, las azules
espadas que partieron de Noruega,
de tu Noruega y depredaron mares
y dejaron al tiempo y a sus días
los epitafios de las piedras rúnicas,
el cristal de un espejo que te aguarda,
tus ojos que miraban otras cosas,
el marco de una imagen que no veo
las verjas de un jardín junto al ocaso,
un dejo de Inglaterra en tu palabra,
el hábito de Sandburg, unas bromas,
las batallas de Bancroft y de Kohler
en la pantalla silencioso lúcida,
los viernes compartidos. Esas cosas,
sin nombrarte te nombran.

Jorge Luis Borges

Estuve muy enamorado de Haydée Lange, la hermana de Norah (JLB)

"Con Haydée Lange y reponiéndose de un accidente en la cabeza sufrido el 24 de diciembre de 1.938" Acápite de foto, posiblemente de Leonor Acevedo de Borges

Acaso después de ese accidente, Borges fue Juan Dahlmann

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Amor vendrá (de Pedro Menárdez)

Amor vendrá; mientras se quede
de todo hará placer.

Cuando se vaya
Nada será más que recuerdo.

viernes, 22 de julio de 2011

Amor se fue (de Macedonio Fernández)

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.

Cuando se fue
nada quedó que no doliera.

sábado, 16 de julio de 2011

La hiena de Carrington

[LeonoraCarrington.jpg]

La hiena sabe francés y sueña con arrancar caras humanas para convertirlas en caretas. Leonora conoce el idioma de las hienas pero detesta los bailes de presentación. Y convence a la hiena para que la suplante. A su vez, la hiena convence a Leonora de que necesita una cara careta humana para disfrazarse de Leonora; le propone matar a la criada con tal fin. Leonora acepta porque en verdad detesta los bailes de presentación, siempre y cuando la hiena mate a la criada antes de arrancarle la cara y no al revés. El plan es urdido con devoción frente a la jaula de la hiena. Leonora ya está abriendo la jaula; el taxi bordea el zoológico y llegará justo a la puerta para que ellas lo detengan. Ninguna de las dos vio al ciego que estaba frente a la jaula del tigre y que las escuchó sonriente, con su falsa mirada dirigida a un punto indefinido. Ya sabemos que el oído de los ciegos es como la vista de los sordos. El maravillado ciego no piensa denunciarle a nadie lo escuchado, apenas trata de descubrir si lo que percibió es un extraño sueño, o la simple realidad. El asunto no lo desvela: si es un sueño podrá describirlo sin necesidad de alteraciones y pequeñas trampas que la realidad sí precisa. Es que la eficacia de un cuento realista como tal vez sea este dependerá de que logre despistar a zoólogos y expertos en bailes de debutantes.





viernes, 17 de junio de 2011

Macedoniana

Me encontré con mi amigo Macedonio y le pregunté en qué andaba. Me contestó que no estaba escribiendo el Quijote y le dije si no le preocupaba que su autor, Pierre Menard, se ofuscara al enterarse.

- ¿Por qué lo haría, Marcelo? Menard se propuso escribir el Quijote mejor que Cervantes, y lo logró. En cambio, yo me dedico a no escribir la historia de Alonso Quijano y mi éxito, aunque evidente, es paralelo al de un Menard, un Daneri, o un Paladión. Por no agotarme con la monumental tarea voy alternando su acometimiento con la no escritura de Moby Dick, lo cual conlleva un homenaje implícito a Bartleby, aquel sujeto que sea lo que fuere que le propusieran, prefería no hacerlo.

Le pregunté si para no escribir esas obras universales previamente se tomaba el trabajo de leerlas. Me dijo que desde luego, y que era cierto lo que un amigo solía decir de él: no ha leído mucho, pero lo poco que ha leído, lo ha leído mucho” En cambio las novelas modernas las no escribía sin leerlas previamente.

- Total, es literatura para el olvido. ¿Para qué perder tiempo leyéndolas? ¡Si pareciera que no soy el primer autor que las va a no escribir!

Ya me despedía de Macedonio cuando me soltó el desafío. Me invitaba formalmente a su casa, el sábado por la mañana, a los efectos de no escribir juntos "La importancia de llamarse Ernesto". Le pedí unos días para responderle. Aún no me siento preparado para semejante empresa.

Dedicado a Ana María Rivera, borgeana y macedoniana

domingo, 12 de junio de 2011

Menárdez (II)



Cruzó Menárdez el arroyo
Una vez más
Ese que corta a Palermo
Como un tajo
Que no sangra
//
Tal vez se va
Pá lo de Julia
la noche ahoga
el Maldonado guía
//
Casi
Sin elegir
hacia la brazos
de otra.









El óleo es "Arroyo Maldonado"de Horacio March y el tangazo, "Recóndita" de Elvino Vardaro

martes, 8 de marzo de 2011

Menárdez y el regreso

Hace a la esencia de la porteñidad el regreso, aunque nunca se haya salido de Buenos Aires. Menárdez no se fue de su barrio, ni de su esquina, ni de su café. Y sin embargo no estuvo. No estuvo en la calle Honduras. No estuvo en Serrano. No estuvo en la plaza. No puede explicarlo bien porque, como decimos, nunca se fue de Palermo. Su espíritu lo abandonó por mucho tiempo y sabemos que sin él no es nadie, nadie lo es. Pero ahora siente que está de regreso. Dando una vuelta por su barrio nota que todo está igual pero distinto. Al loco de los gatos lo ve ligeramente cambiado. A sus gatos también. La casa de Carriego se le ocurre más abandonada que antes. No pasó nada más que el tiempo. Nada menos. Y los paisajes borgeanos parecen ser vistos sólo por él:

"y divisé la hondura
los naipes de colores del poniente
y sentí Buenos Aires.
Esta ciudad que yo creí mi pasado
Es mi porvenir, mi presente;
Los años que he vivido en Europa son ilusorios,
Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”

Menárdez no vivió en Europa. Ni en otra ciudad. Ni en otro barrio. Sin embargo camina por las calles de Palermo como la primera vez. Sobrevivir lo mantuvo ajeno, ausente, olvidado. Ya no. Viene con ganas de tomar los naipes de colores del poniente (ese que permanece, milagrosamente) y apostarlo todo, aunque no tenga nada; de una ginebra en la esquina de Guatemala y Borges. De caminar Palermo con ella.

Ella, la que aún no llegó.


Los versos pertenecen a “Arrabal” de Jorge Luis Borges.