Cruzó Menárdez el arroyo Una vez más Ese que corta a Palermo Como un tajo Que no sangra // Tal vez se va Pá lo de Julia la noche ahoga el Maldonado guía // Casi Sin elegir hacia la brazos de otra.
El óleo es "Arroyo Maldonado"de Horacio March y el tangazo, "Recóndita" de Elvino Vardaro
Hace a la esencia de la porteñidad el regreso, aunque nunca se haya salido de Buenos Aires. Menárdez no se fue de su barrio, ni de su esquina, ni de su café. Y sin embargo no estuvo. No estuvo en la calle Honduras. No estuvo en Serrano. No estuvo en la plaza. No puede explicarlo bien porque, como decimos, nunca se fue de Palermo. Su espíritu lo abandonó por mucho tiempo y sabemos que sin él no es nadie, nadie lo es. Pero ahora siente que está de regreso. Dando una vuelta por su barrio nota que todo está igual pero distinto. Al loco de los gatos lo ve ligeramente cambiado. A sus gatos también. La casa de Carriego se le ocurre más abandonada que antes. No pasó nada más que el tiempo. Nada menos. Y los paisajes borgeanos parecen ser vistos sólo por él:
"y divisé la hondura los naipes de colores del poniente y sentí Buenos Aires. Esta ciudad que yo creí mi pasado Es mi porvenir, mi presente; Los años que he vivido en Europa son ilusorios, Yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”
Menárdez no vivió en Europa. Ni en otra ciudad. Ni en otro barrio. Sin embargo camina por las calles de Palermo como la primera vez. Sobrevivir lo mantuvo ajeno, ausente, olvidado. Ya no. Viene con ganas de tomar los naipes de colores del poniente (ese que permanece, milagrosamente) y apostarlo todo, aunque no tenga nada; de una ginebra en la esquina de Guatemala y Borges. De caminar Palermo con ella.
Ella, la que aún no llegó.
Los versos pertenecen a “Arrabal” de Jorge Luis Borges.
Menárdez no bebe champagne. Tampoco sidra, aunque sea Nochebuena. Estará solo, nadie le dirá “salud”. Eso no quiere decir que no brinde. Menárdez alzará esta noche, en el minuto postrero, su ginebra. Y brindará. Tal vez al tercer vaso resucite aquel fantasma y le recite
No hay un instante que no pueda ser el cráter del Infierno No hay un instante que no pueda ser el agua del Paraíso No hay un instante que no esté cargado como un arma
El Cielo y el Infierno son conceptos exagerados, recordó.
Menárdez guardará las balas de ese instante en el bolsillo y ganará la calle, distinta por las luces del festejo. Quizás más tarde las use en una esquina de Palermo. Aquella que permanece invariablemente oscura, como un recuerdo que de tan viejo ya no nos pertenece.
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Las palabras en cursiva pertenecen a Jorge Luis Borges.
Un Borges niño no conseguía apartarse de la jaula de los tigres. La madre debía amenazarlo, para poder abandonar el zoológico, con no dejarle leer sus libros al regresar a la cercana casa de la calle Serrano. Luego seguiría visitando el zoológico, por ejemplo con algún amor, y escribiría cosas como éstas:
“Decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra” La escritura del Dios (El Aleph)
“Hasta la hora del ocaso amarillo Cuántas veces habré mirado Al poderoso tigre de Bengala Ir y venir por el predestinado camino Detrás de los barrotes de hierro. Sin sospechar que eran su cárcel” El oro de los tigres
“Un tercer tigre buscaremos. Éste Será como los otros una forma De mi sueño, un sistema de palabras Humanas y no el tigre vertebrado Que, más allá de las mitologías, Pisa la tierra. Bien lo sé, pero algo Me impone esta escritura indefinida, Insensata y antigua, y persevero En buscar por el tiempo de la tarde. El otro tigre, el que no está en el verso” El otro tigre, El Hacedor
Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy) “Borges y yo” El Hacedor
Esta tarde paseaba distraído por el zoológico, hasta que “a la hora del ocaso amarillo” llegué a la jaula del Tigre Blanco de Bengala, que no se mostraba. Imaginé un niño de principios del siglo pasado, llorando porque su madre lo retiraba antes de presenciarlo. También pensé en un hombre ya maduro, paseando con Estela Canto, enhebrando el argumento de un cuento mientras mira el nervioso ir y venir del felino, detrás de los barrotes de hierro, su insospechada cárcel. Todo eso pensaba cuando apareció el Gran Tigre. Algo despertó su curiosidad detrás de las rocas de su jaula y observaba expectante. No sé si era el tigre vertebrado, o el tigre del sueño de Borges. Como sea, alcancé a tomarle una foto borrosa, irreal. No estoy seguro si lo vi, o soñé que lo veía.
¿Para cuándo el amor? Ese de la calle Honduras El que vence al olvido Y deja el alma al revés
¡Pobre poeta sin amor! Tal vez cruzando aquella esquina Se rinda frente a ti la suerte esquiva por una vez
Esto escribió Menárdez para sí, ignorando (¿o no?) que el verdadero dueño de la calle Honduras también fue un hombre sin amor. Y no nos referimos a Borges, apenas un visitante de esa calle de Palermo. Ese gran olvidado que es de Soiza Reilly refiere la historia
EVARISTO CARRIEGO, NOVIO
¿Será posible que Evaristo Carriego -un alma apasionada- no haya tenido novia?... Cuando yendo por la calle encontrábamos a una mujer hermosa, se detenía. Pero no con ojos de fauno. La saboreaba con ojos de escultor. Y seguía andando, hablando de otra cosa... -¿Tienes novia, Carriego?... -¡No!... -me contestó tan rotundamente que yo pensé: "Tiene novia. No quiere confesarlo". ¿Quién no tiene una novia escondida en los veinte años de su corazón? No pudo guardar mucho tiempo un secreto tan dulce y tan triste que, a menudo, se le salía a flor de verso, al decir en sus cantos: "A veces miro un poco entristecido tu retrato, donde estás viva, aunque hace mucho rato, digo bien, mucho rato que te has ido..." Y luego, en "Ninguna más", este juramento que le surgía de adentro: "¡No! Te digo que no. Sé lo que digo: nunca más, nunca más tendremos novia. Y pasarán los años pero nunca más volveremos a querer a otra..." Y a cada instante hablaba de ella. Era la primita deliciosa -la inevitable primita de los enamorados- que lo entretenía leyéndole a Dumas. La misma cuyos dedos lo encantaban en las teclas de Wagner. Por fin, una noche "de caviar y de cerveza", Carriego se arrancó del alma su secreto, como el herido que para aliviar su dolor se arranca el cuchillo de la puñalada. -¡Bueno, sí! Mi única novia fue una primita mía. ¡Una santa! Pero se casó con otro. Yo no era el elegido. Desde entonces la amé para mí mismo... Evaristo murió a los 29 años. Ella, la primita que nunca supo que el primito la amaba, formó un hogar honesto y delicioso. Ella vive todavía, antigua como yo. Cuenta setenta años. ¿Se acordará alguna vez de aquel primito poeta que le decía cosas raras? ¿Lo habrá olvidado?... Desde el cielo nos parece escuchar la voz de Carriego: "De todo te olvidas, cabeza de novia"...
Ya sé que es mal de muchos, Menárdez. Pero sepa que el maestro de su maestro (y su maestro también) fue un hombre sin amor, o dueño de un amor no correspondido. “La amé para mí mismo” fueron sus bellas palabras. Cruce sin dudar aquella esquina, ¡aléjese de Honduras! Y entonces, quizás, se rinda frente a usted la suerte esquiva…¡por una vez!
La primera foto es la antigua casa de Evaristo Carriego, hoy biblioteca municipal (Honduras 3784)
El once de septiembre de 2.020 Mujica Lainez recibirá a Borges en su casa llamada “El Paraíso” para jugar una extraña partida. El tablero parece de ajedrez pero los casilleros son blancos y rojos y las piezas, diferentes. No son humanas pero tienen vida. El invitado abrirá con Elohim. Manucho adelantará al soberbio Lucifer. Luego Borges seguirá con Adonai y el anfitrión, lujurioso, jugará con Asmodeo.Don Jorge Luis demorará un poco porque no ve. Se asegurará que está tocando a Shadai y le ordenará avanzar en el tablero. Eso enfurecerá a Mujica y con un rugido infernal colocará a Satanás en la lucha. El poeta ciego sonreirá. Probará una diablura con Yahveh. El Duque de Bomarzo se relajará y pondrá en combate a Belfegor.Las piezas estarán dispuestas en forma circular y la lucha será en el centro del tablero. No es momento para guardarse nada y el autor de “Ficciones” dispondrá de Jehová. El de “El Escarabajo” a Leviatán. Hashem es el paso siguiente de Borges que empezará a agotarse y Manucho lo continuará con Mammón. Georgie se quedará sin piezas pese a que Mujica aún tendrá a Belcebú, expectante. Ambos se reirán, la suerte parecerá echada. A punto de voltear a Jehová del medio del tablero, el poeta ciego se arrepentirá. No pondrá un nombre de Dios, pondrá una letra, que es silenciosa y que es la totalidad de la creación. No es el principio ni el fin de la creación, es su todo. Y dentro de la totalidad está Dios. Es la letra “alef”. La jugada además de brillante será válida, Mujica la celebrará. Sólo le restará traer al goloso Belcebú y los nombres de Dios se enfrentarán a muerte contra los Siete Demonios. Mientras muevan las piezas los jugadores hablarán del Renacimiento y de Spinoza. Manucho le mostrará a Borges su famosa colección de objetos: el horóscopo que le hizo Xul Solar, amigo de los dos; el grabado de homenaje a Beardsley; el diseño de homenaje a Lautrémont; un recibo firmado por Garibaldi; el texto de magia de Stanislas de Guaita “marqués, poeta y morfinómano”. Y por sobre todas las cosas le mostrará el manuscrito de la traducción del “Amadís de Gaula” al francés, del año 1.540. Borges no podrá verlo pero sí olerlo, tocarlo, amarlo. Nuestro mundo dependerá del resultado final del juego, que constará de diez partidas. Contrariamente a lo que podríamos suponer, los jugadores intercambiarán piezas luego de cada partida. Al fin y al cabo, Mujica Lainez aún reside en “El Paraíso” y Borges pasó buena parte de su vida entre tinieblas. El espejo del salón no dará cuenta de ninguna imagen de lo que allí suceda.
Homenaje en el natalicio de Manuel Mujica Lainez. Las fotos son de "El Paraíso" la ya mítica residencia de Manucho en Cruz Chica, Provincia de Córdoba, Argentina
En vano caminé con la furia del insomnio por los pasadizos de la añosa biblioteca, por las calles de su Buenos Aires metafísica y por la calma de Ginebra.
Pero supe de su infancia y de su amor por los tigres.
De cómo leía recostado en la piel de aquella fiera ultimada por un cazador desconocido. De cómo el mundo lo fue cercando en la casa de su padre, en la biblioteca de su padre, de cómo hablaba inglés con su abuela Frances Haslam y de la amistad inagotable que lo unió con su madre.
Sabía mucho de usted.
Por eso me urgía encontrarlo, ver su rostro. Por eso, como Dante, tuve que forjar un sueño para oír, humana y próxima, la voz de Borges.
Sin embargo, no alcanzaba a soñarlo cabalmente.
Algo me faltaba: pasión, sueño, gramática. Recorría sombríos caminos y llegaba siempre al mismo punto, como en el fatídico laberinto.
Luego, intenté olvidarlo.
Intenté desprenderme de sus mitologías del arrabal porteño, del oro deslumbrante de los vikingos y de las espadas de sus mayores. Fui desprendiéndome de sus metáforas. Abjuré de usted, Borges, de su complicidad, de su complicación y de su sencillez. Al olvido, a la antimateria, los cármenes sevillanos de su juventud ultraísta. Los idiomas infinitos de Cansinos Assens, las lunas cansadas de Lugones, la aventura de Sur, Victoria Ocampo, Beatriz Viterbo, el Aleph, el reloj de arena, la memoria... Al olvido la memoria...
Lo de menos fue su muerte, Borges.
La noche en que supe que había muerto pensé en que, por fin, era usted feliz.
Se había desprendido de los cuchillos de los compadritos, de los espejos y del inglés. Pero aquí nos quedamos todos rompiéndonos los cristales de los ojos para entrever, en algún cielo, la forma de Borges.
¿Sombra? ¿Polvo? ¿Tenía razón Quevedo? ¿En el vientre del cementerio de Pleinpalais se estremece el polvo enamorado que fue Borges? ¿Ensaya su ironía con las ciegas raíces de las hierbas? ¿Busca el polvo de Atila, el de Tamerlán, el de Alejandro? ¿Extiende mensajes y escribe cartas por los subterráneos que no urdió su literatura?
Perdone, Borges. Sé que no creía en la trascendencia ultraterrena. Pero prefiero pensar que usted habita en los Campos Elíseos, que le aburre conversar con Aquiles, ese pretencioso, y que busca, en cambio, la charla juguetona de Alfonso Reyes.
Tiene un departamento idéntico al que tenía en Buenos Aires, en él, su madre lee a Eca de Queiroz y toma el té con Charles Dickens. En los Campos Elíseos, Borges, usted ya no es ciego. Y lo lamenta, como lo lamenta Homero, pues los dones de la oscuridad son, en esta vida y en la otra, infinitamente superiores a los dones de la luz.
Por hoy baste, Borges. Le enviaré estas líneas en el próximo rayo de luna y evitaré en lo sucesivo ponerme sentimental.
Usted es un impecable caballero argentino y en su genética victoriana sobran las lágrimas.
No espero respuesta.
Si acaso, buscaré un augurio abriendo al azar uno de sus libros.
Estas palabras le pertenecen a María García Esperón, quien también recita "Las causas" de Jorge Luis Borges.
"Esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche me has dicho sin palabras, Abramowicz, que debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta"
Grande Manucho!
El Viaje de los siete demonios (de Manuel Mujica Láinez)
"Al fin y al cabo -dijo Belcebú-, el mundo de los humanos es hermoso. Un mundo de tías y parientes, de versos y esculturas, de cocinas, de calor. A veces me oprime la nostalgia de ser humano. - Porque no lo es- le contestó Leviatán, jugando con el abanico de encajes de Asmodeo. Su Excelencia ha sido ángel y es demonio. No puede quejarse de su carrera. Es inmortal...inmortal para siempre, no como los académicos, que son lo más próximo a los inmortales que inventó la flaca imaginación del hombre. Toda esta gente que nos rodea y que simula divertirse, vive bajo la angustia de su mortalidad. La Muerte es la reina de La Vida. Y Su Excelencia encara al mundo superficialmente: en él hay más sombras que luces"
(Párrafo de "Satanás o la ira")
Nota del Editor: Sr. Mujica, para mí Usted, como su Bomarzo, es inmortal.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música